martes, octubre 20, 2020
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Peronistas y macristas: el presente del 19

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I

La efervescencia electoral que provocó el triunfo de Cambiemos en las elecciones legislativas se fue encontrando con problemas y nuevas conflictividades. Esto obligó al Gobierno a “maniobrar” e introducir nuevas agendas con el propósito de reducir los daños. Después de avanzar dos años sin resistencias significativas, los efectos de la política  propia y ajena comienzan a pasarle factura.

El macrismo se está “probando” para el 2019. Por ahora puede articular en una formula política de estabilidad dimensiones contradictorias: cierto apoyo social, la caída de la imagen presidencial, inflación alta, incremento del dólar, mayor previsión de crecimiento económico, escasa inversión extranjera, un importante gasto social y erosión de expectativas. Administra con eficacia estas dimensiones, como también los leves intentos de superación de la fragmentación peronista o el embate coordinado del sindicalismo. El ejercicio de poder es también capacidad de desestructurar a otros y eso, efectivamente, lo viene logrando.

No es un Gobierno “blindado” pero ha logrado altas cotas de preservación y un equilibrio interno entre los más moderados, preocupados por los votos de 2019, y aquellos deseosos de acelerar reformas para terminar con la “maldición” populista argentina.

Ese apoyo social –del cual ciertos analistas se preguntan por qué no logra diluirse frente al panorama económico- se sostiene en una expectativa meritocrática, en visualizar al Gobierno como productor y ordenador de la distinción social y en una discursividad anticorrupción que promete castigo y reparación. Un sector de la clase media y baja argentina todavía sacrifica algo de su presente en pos de una promesa que cada día parece más lejana. Hoy el macrismo ofrece orden, elitismo y distinción social y se ha transformado en un objeto de consumo de ciertos sectores medios y altos.

II

De las tres reformas que se propuso el presidente, ni bien se conocieron los resultados electorales –previsional, tributaria y laboral-, solo ha logrado llevar adelante la primera con costos políticos inimaginados. Las otras dos restantes, seguramente, serán parte de una nueva estrategia (fragmentación de las reformas en micro leyes o directamente, reformas tenues). El Gobierno sabe que se encontrará con diversos sectores del peronismo y del sindicalismo que tienen como horizonte la unificación y recuperar “algo de política” que los gobernadores peronistas han utilizado para pactar apoyos y flujos presupuestarios con la Casa Rosada. Cada gobernador es clave en la gobernabilidad. No solo controlan varios senadores necesarios para aprobar futuras leyes, sino territorios que pueden ser conflictivos. Si este apoyo comenzará a menguar Macri debería profundizar la vía de los decretos (cosa que ya ha realizado con un mega decreto de reforma de la administración pública) o presionar a la clase política con la manifestación de corrientes sociales de opinión vinculadas al rechazo al sindicalismo o a temores sociales como la inseguridad, donde el punitivismo penal puede abrir la puerta del gatillo fácil.

El conflicto que provocó el tratamiento de ley de reforma previsional, la amenaza de reforma laboral, el caso de nepotismo del Ministro de Trabajo y la presión judicial sobre algunos sindicalistas –como el líder del sindicato de camioneros Hugo Moyano- abrieron la posibilidad de un diálogo mayor entre diversos actores del universo peronista. El kirchnerismo, el randazzismo (aquellos que integraron la lista de Florencio Randazzo), algunos miembros del massismo  y del sindicalismo manifestaron su voluntad de iniciar un camino de unificación. La unidad no será fácil. No hay peronismos fáciles que solo tienen en la mano la calculadora electoral. Varios dirigentes del massismo y un grupo de gobernadores peronistas han rechazado o ven con recelo la posibilidad de acordar con Cristina Fernández de Kirchner. Otros, en cambio, reconocen que su caudal de votos y representación es importante para una opción competitiva. El macrismo impuso de alguna manera cierta forma cultural y simbólica de construcción del liderazgo político que se ha introducido en el futuro del peronismo.

III

Lo que más preocupa al Gobierno nacional es el enfrentamiento con Hugo Moyano y lo que éste pueda lograr con cierto sector del sindicalismo.  Quien fuera un aliado hasta hoy se convirtió en un posible opositor (a causa de la disputa por un conflicto en torno a la empresa postal OCA y por el avance judicial). En principio, probará con la “calle”. La manifestación del 21 de febrero convocada por el líder del sindicato de camioneros es un primer pulso. El Gobierno nacional ha logrado que algunos sindicatos no adhieran a la marcha y otros sindicalistas se han alejado precisamente por el acercamiento de Moyano al kirchnerismo. El líder sindical padece la interna sindical y la interna misma del peronismo. Si sale bien parado podrá conducir el sector de sindicatos más crítico al Gobierno, sino solo será un ejercicio de fuerza disponible para otras batallas.

El macrismo va a medir fuerzas y estarán todos los demás sindicalistas –más proclives a negociaciones con el oficialismo- expectantes. La disputa con Moyano será parte del laboratorio político de una futura reforma laboral -de manera integral o parcial- o el modo de vinculación con el resto del sindicalismo que todavía apuesta por negociaciones corporativas (dinámica tradicional desde los años 90).

Una manera de debilitar al sindicalismo ha sido reactualizar la sospecha social sobre el enriquecimiento ilícito de cierto sindicalismo y mover denuncias judiciales sobre otros dirigentes. La estrategia contra el sindicalismo, por lo menos en un primer momento, es ir allí donde puede construir legitimidad social (poner la lupa sobre actos de corrupción o prácticas non sanctas) y no desestructurarlos a partir del enfrentamiento en huelgas o acciones sindicales.

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